Hoy Apple lanza su propio Netflix: te contamos la verdadera razón que la obliga a reinventarse “bajo amenaza

0
19

El 9 de enero de 2007, Steve Jobs presentó la primera generación del iPhone. Apple, el fabricante computadoras de alta gama que había generado en 30 años un verdadero culto a su alrededor, se metía de lleno en los bolsillos de millones de usuarios.

Doce años después, el dispositivo móvil más popular de la historia sigue siendo un best seller: cada lanzamiento es seguido por millones de espectadores a través de internet y sus novedades ocupan las primeras planas de los medios más importantes del planeta.

A simple vista, todo parece color de rosas. Sin embargo, el mercado comenzó a mostrar síntomas claros de retracción en 2018.

Depender de manera excesiva de las ventas de la línea iPhone fue bendición y castigo para el gigante de Cupertino. Más del 60% de sus ingresos provienen de sus smartphones, lo cual ayudó enormemente a consolidarla como la firma más grande del planeta.

Las ventas globales de teléfonos inteligentes registraron su peor contracción el año pasado, y las perspectivas para 2019 no son mucho más alentadoras, de acuerdo con lo que muestran diversas investigaciones de mercado.

Lejos de crecer, el número de teléfonos móviles vendidos en todo el mundo disminuyó 4% en 2018, a un total de 1.400 millones de unidades, según la firma de investigación IDC.

Fuera de un puñado de países de alto crecimiento como India, Indonesia, Corea del Sur y Vietnam, el resto no mostró señales positivas.

Incluso el mercado chino, que representa aproximadamente el 30% de las ventas de teléfonos inteligentes, fue especialmente afectado con una caída del 10%, según el análisis de IDC.

En rigor, la industria se encuentra en el ojo de una tormenta perfecta: a la incertidumbre económica y política que toca a muchas economías se ha sumado un público consumidor que ya no tiene tanta prisa por reemplazar sus dispositivos.

Este último apartado tiene un antecedente en el mercado de PCs, que desde hace años se mantiene constante, incluso con una leve tendencia a la baja.

El desarrollo tecnológico llegó a un nivel tal que las personas no encuentran una motivación extra para hacer un cambio: si el dispositivo funciona y cumple con las expectativas, no hace falta reemplazarlo.

El iPhone, en este sentido, es esclavo de su propio éxito. Los usuarios suelen estar tan satisfechos que demoran varios años en comprar un modelo nuevo.

Este escenario obligó a la empresa a transformarse una vez más: con segmento de servicios que ya representa el 16% de su negocio total, la solución no pasó por pensar en nuevas ideas por el lado del hardware.

Si los usuarios migran hacia el streaming y el consumo on demand, allí hay que apuntar los cañones. Los fuertes lazos generados en la industria del entretenimiento a lo largo de los años le permitieron desarrollar una apuesta arriesgada: su propio servicio de video en línea.

¿Es un paso seguro? No, pero la empresa ha logrado sus mejores resultados cuando ingresó a mercados ya establecidos con propuestas disruptivas o, al menos, atractivas para los usuarios, que no han dudado a lo largo de los años en sumarse como clientes.

Lo hizo con iTunes, lo hizo con el iPhone. Y ahora puede hacerlo con sus propias series y películas.

Hace dos años, contrató a dos ejecutivos de larga trayectoria en Hollywood, Jamie Erlicht y Zack Van Amburg y les dio u$s1.000 millones para que desarrollarán contenidos para Apple TV.

Más recientemente, dedicó tiempo y recursos para negociar acuerdos con cadenas televisivas y estudios, con el objetivo de engrosar la lista de contenidos para su ansiado servicio.

Viacom y CBS son dos de las firmas que están en conversaciones avanzadas para otorgar licencias de programas. Incluso HBO, la empresa con mayor prestigio en la industria en lo que refiere a generación de contenidos, se sentó a negociar.

Una historia de iteración

Para entender la filosofía de Apple hay que remontarse a sus inicios, caracterizados por el espíritu emprendedor y la creatividad (a veces exacerbada) constante.

Mucho tiempo ha pasado desde los albores de la década del 70, cuando Steve Jobs y Steve Wozniak, la gran pareja (despareja) de Silicon Valley -uno carismático y temperamental; el otro, parco, más cerebral y taciturno- lanzarán las primeras computadoras Apple desde el garage del primero en pleno Palo Alto, un suburbio emplazado a escasos 30 minutos de la cosmopolita San Francisco.

La empresa rebelde del valle, con un espíritu atravesado por la contracultura de los tumultuosos 60 y el espíritu punk de la llamada invasión del 77, lideró junto a firmas como Atari e Intel una revolución no solo tecnológica, sino también cultural.

Ese ADN, impregnado por sus fundadores, se fue diluyendo en el ambiente corporativista de la década siguiente, más afín a Wall Street. Jobs, que había ideado productos disruptivos como la Apple Lisa y la mítica Macintosh, dejó la empresa “por la puerta de atrás” a mediados de los 80 y Apple entró en una edad oscura que tuvo más errores que aciertos en su haber.

Diez años después, cuando volvió al campus de Cupertino para capitanear un barco que parecía a la deriva, Jobs lo hizo con ideas frescas y un concepto más pulido de lo que quería que fuera su empresa. En los años siguientes gozó de una racha inédita: un éxito tras otro, desde las iMac de colores al iPod, todo parecía tener el toque del rey Midas.

En ese lapso, también presentó iTunes, su plataforma de música que cambió la relación de fuerzas dentro de la industria discográfica: con las ventas de LPs y discos compactos en baja, la web se convirtió en la principal vía de distribución de canciones a lo largo y ancho del globo.

La división de servicios era una rara avis en medio de un negocio multimillonario de máquinas orientadas a usuarios finales. A ella se sumaron, años después, divisiones como el App Store (su tienda de apps), Apple Pay (pagos móviles) o iCloud (almacenamiento en la nube).

La nueva apuesta es riesgosa, porque la pone en el ring frente a colosos como su vecina Netflix, Amazon y Hulu. Todas ellas tienen años en el mercado, propuestas de contenidos robustas y el conocimiento de una industria en la que Apple será un verdadero novato.

Netflix, por caso, no es una simple app de videos: los Oscars, en los que tuvo una presencia destacada con Roma, la catapultaron al mismo nivel que las “majors”, los grandes estudios de Hollywood responsables de la maquinaria de entretenimiento más lucrativa del mundo.

Servicios, la palabra de moda

El segmento de servicios de Apple representó u$s 37 mil millones en ingresos en el año fiscal de 2018 de Apple (que terminó el 29 de septiembre de 2018), lo que lo convierte en el segundo mayor contribuyente de dinero detrás del iPhone, que representó el 63 por ciento de las ventas totales.

Con Apple Music, Apple Pay, iTunes, App Store, iCloud y Apple Care, el negocio de servicios de Apple se ha convertido en un gigante en los últimos años, pasando de u$s16 mil millones en ventas en 2013 a u$s37 mil millones en 2018.

Solo en el último trimestre, este segmento generó más de u$s 10,9 mil millones, estableciendo récords en “cada segmento geográfico” en el proceso, indicó Tim Cook.

El CEO también reveló están en camino de duplicar su negocio de servicios de 2016 a 2020. El último trimestre, por caso, experimentó un aumento del 19 por ciento interanual.

Se trata de una cifra importante en comparación con los otros segmentos de negocios de Apple: los servicios ya aportan más por trimestre que las Mac (u$s 7.4 mil millones en el último trimestre), la línea iPad (u$s 6.7 mil millones), o el grupo llamado “Wearables, Home, and Accessories” (u$s 7.3 mil millones).

A la vista de este panorama, el anuncio de un servicio de streaming de video y, en menor medida, de una plataforma paga de noticias, son pasos necesarios para consolidar un negocio en plena expansión.

El servicio de streaming de Apple,en ese sentido, podría contribuir en gran medida a aumentar el precio de las acciones de la empresa. En una nota a inversores de la compañía, el analista de la firma de servicios financieros Wedbush Securities, Dan Ives, aseguró que la plataforma podría generar entre u$s7 mil millones y u$s10 mil millones al año una vez que esté en funcionamiento.

Ese aumento de ingresos, junto con lo que llamó un “efecto halo” que podría ayudar a retener a los usuarios que utilizan dispositivos Apple y sus servicios, debería crear más valor para los accionistas.

Luego de alcanzar un máximo de u$s227 por acción a mediados de 2018, el gigante sufrió en el último trimestre del año una estrepitosa caída en esos valores, llegando a un precio de “apenas” u$s156.

Hoy, con una papel ubicado en el orden de los u$s200, las perspectivas no solo son optimistas, sino que auguran nuevos máximos para los próximos meses.

Goldman Sachs no es tan optimista. Para la firma, incluso si se alcanzara la cifra de 20 millones de suscriptores, abonados a una tarifa mensual de u$s 15 en 2020, esto representaría ingresos anuales de u$s3.600 millones.

Parece una cifra astronómica pero es apenas el 1% de las ventas totales de Apple, que fueron de u$s265.600 millones el año pasado.

La decisión final, como siempre, estará en los propios usuarios, que podrán optar por seguir apostando a Netflix, Amazon, Hulu o aquella que le sea más atractiva, o dar de baja sus suscripciones para pasarse a la propuesta de Tim Cook y los suyos.

Pase lo que pase, el anuncio de este lunes es apenas el puntapié inicial de una industria que deja de ver a los dispositivos como fuentes inagotables de fortuna.

La riqueza del futuro está en las suscripciones mensuales, más ágiles, fraccionadas y perdurables, pero a todas luces mucho más impredecibles, sobre todo cuando la disrupción está todo el tiempo a la vuelta de la esquina.